LECHE: UNA OPORTUNIDAD QUE SOLO LA ARGENTINA PUEDE APROVECHAR

El calcio de la leche le ha prestado enormes beneficios a la humanidad y sigue siendo insustituible

Estoy con ganas de acompañarte en tu desayuno de hoy. Y lo digo en serio. Seguramente, café con leche. Y seguramente también alguna tostada con manteca. O con queso untable. O con una feta de queso. Como sea, siempre está la leche.

Aún antes de que fuéramos humanos, fuimos lactantes. Y nunca dejaremos de serlo, a pesar de la traición de esa pseudo conciencia que anida en los recónditos escondrijos del cerebro. Ponernos de pie permitió sostener una mayor masa encefálica. Y seguramente creció más que nuestra capacidad de administrarla, y entonces la llenamos de mitos. Hasta la leche cayó en la volteada. Como ayer fue Día Mundial de la Leche, y voy a evocarla, porque no solo se lo merece, sino que es necesario.

El Día Mundial de la Leche fue establecido hace muchos años por la FAO, la organización de las Naciones Unidas que se ocupa de atender las cuestiones de la nutrición y la agricultura. El objetivo es estimular el consumo de este alimento y celebrar sus beneficios. Ayer tuve la oportunidad de participar de un desayuno organizado por la mayor empresa láctea argentina, Mastellone Hnos, más conocida por su marca La Serenísima. La empresa, que adhirió a la fecha hace diez años, mostró los resultados de un estudio en el que, a pesar de la recomendación de consumir tres raciones de productos lácteos por día, sólo el 14% de los encuestados reconoce hacerlo.

Como siempre, podemos ver la copa (en este caso, la copa de leche) medio llena o medio vacía. Yo en particular tiendo a ver las cosas desde una plataforma de optimismo. Entonces, veo la oportunidad. Hay un enorme potencial para el incremento del consumo. Y en consecuencia, de la producción. Eso si miramos solamente el mercado interno.

Pero si levantamos la puntería y tratamos de ver más allá de nuestras narices, el panorama es extraordinario. Más allá de nuestras tribulaciones, lo que hay en el horizonte da vértigo. Veamos.

A diferencia de otros productos de origen animal, como las carnes en particular, la leche recibe escaso cuestionamiento. Ya sea por razones éticas, ambientales o sociales, las proteínas animales están bajo el escrutinio público. Los lácteos no. Hay como siempre visiones extremas (la “explotación de los animales”). Pero la imagen de una vaca en ordeñe es muy distinta a la de un animal faenado en un frigorífico. La apelación al buen trato ha sido hasta ahora suficiente para calmar a las fieras. La mayor parte de los vegetarianos se reivindican como “lacto vegetarianos”. Y en buenahora, porque de esa manera vamos a evitar serios problemas de salud pública, como la osteoporosis, las fracturas de huesos (vértebras, muñecas y caderas) que condenan a los viejos como yo a penurias que una buena dieta láctea puede evitar. El calcio de la leche le ha prestado enormes beneficios a la humanidad y sigue siendo insustituible.

Esta convicción global está generando una oportunidad extraordinaria para el país. No hay en el mundo quien exhiba un sesgo de factores más favorable para explotar el potencial de la industria láctea. Partiendo del factor humano, que es la plataforma de lanzamiento de cualquier proeza. Queda vida inteligente en estas pampas.

Excelente nivel educativo, todavía. Visión ecuménica. Conocimiento compartido. Inteligencia colectiva en el cluster agropecuario y agroindustrial. Cultura rural, pasión por el campo, la agronomía, la veterinaria, la nutrición de las plantas y los animales. Y una dotación de factores que ha generado la Segunda Revolución de las Pampas. En los últimos treinta años, quintuplicamos nuestra producción de granos, y sin embargo pudimos sostener la producción de leche. Con menos hectáreas, menos tambos, menos vacas, pero mayor producción individual.

En la Argentina conviven decenas de modelos de producción diferentes. No vamos a dirimir en estas líneas cuál es el mejor, ni el que se va a imponer. Lo que sí sabemos es que cualquier modelo funciona cuando está bien gerenciado. Y es lo que estamos viendo y viviendo. El tambo es gestión. Pero esta enorme homeostasis se basa en la productividad intrínseca de nuestras pampas, atravesadas por la profunda revolución tecnológica en la base, que es la fotosíntesis eficiente. Nadie en el mundo produce materia seca de alto valor nutricional, sea pasto o granos, a menor costo económico y ambiental que en la pampa húmeda.

China, y otros países asiáticos como Corea y Japón, son grandes compradores de quesos, y cada vez consumen más. Nuestro país no exporta un solo kilo a esos destinos. Pero están en la mira. Lo que más está creciendo es precisamente la exportación de quesos. La compañía láctea que exhibió un mayor dinamismo exportador es la canadiense Saputo, que hace unos años adquirió Molfino, una tradicional empresa santafesina. Saputo es un gigante mundial que hoy es la segunda en recibo de leche, y la que más tambos involucra desde su central en Rafaela.

Está todo en juego. La lechería tiene otra ventaja: la irrupción de la ciencia de datos facilita la gestión, y humaniza el trabajo. No parece necesario ya ir a grandes escalas. Pueden convivir los megatambos en confinamiento, como está sucediendo por ejemplo con Adecoagro en el sud de Santa Fé (con 15.000 vacas en establos de máximo confort, y manejo científico desde la nutrición hasta el manejo de los efluentes), con explotaciones pequeñas o medianas totalmente robotizadas.

Es lo que se ve en lugares donde hasta hace poco languidecía la producción de leche. Como la familia Brito en Coronel Moldes, que está levantando un complejo de tambo robotizado con elaboración y venta de lácteos en una esquina de campo. El robot no desplaza gente, sino que la atrae a una actividad de enorme valor agregado, humanizando la tarea de ordeñe y modificando las relaciones económico-sociales de la actividad tradicional.

Nadie en el mundo, insisto, puede aprovechar la oportunidad. Ni Uruguay, donde la productividad es mucho menor, ni Nueva Zelanda, la gran referente, que ya no crece porque su sistema está a tope, generando consecuencias ambientales. Comunidad y gobierno le están poniendo límites.

Celebremos entonces el Día Mundial de la Lechería. Aquí podemos y debemos crecer, para una mejor nutrición. Y el mundo nos sigue esperando. Todos saben lo que hay que hacer, aunque el gobierno se empeña en poner un pie en la puerta giratoria.

Por Héctor A. Huergo Fuente Clarín

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